Nadando que es Potato
Mira que el espacio es grande, que tiene que haber cientos, quizás miles o millones de seres de otras razas viviendo en planetas desconocidos. ¡Pues me ha tocado el extraterrestre vigoréxico! ¿De verdad, Universo? ¿De verdad? ¿No podías haberme mandado uno al que le gustara el deporte desde la distancia, concretamente, desde el sofá? Nooooo, claro que no.
Resulta que Justino, en su tarea de culturización personal, dio en Youtube con unos vídeos de los Juegos Olímpicos en los que Michael Phelps nadaba cual pez y no se le ocurrió mejor idea que arrastrarme a la piscina. A mí, que lo más cerca que estoy del agua es en la ducha.
Pues, allí que acabé, contra mi voluntad, por no admitir ante este alienígena liante que no, Justino, no. La natación no es lo mío. Y pensando que, si a mí no se me da bien, a éste, menos, ya verás tú qué risa. Aún voy a parecer Phelps a su lado. Ah, el ego...
Con lo que no contaba es que el maldito aprende como en «Matrix» pero sin enchufe, sólo con ver algo. Se tiró de cabeza con una ligereza, un estilo... Y ahí estaba Justino, nadando largo tras largo como si hubiera nacido para ello. Y ahí estaba yo, con ese gorro ridículo, esas gafas que te chupan los ojos y un bañador que apretaba demasiado la parte más sensible de mi cuerpo. «¿A qué esperas, señor Potato? ¡Lánzate ya!». Y me lancé, vaya si me lancé. En bomba. Para escándalo de los demás nadadores y del socorrista, que casi da con la mandíbula en el suelo.
No sé por qué dicen que este deporte relaja, que es bueno para el cuerpo. Yo salí del agua estresadísimo y agotado. Me costó unos 30 minutos hacer un largo a estilo «perrito», con varias paradas tácticas agarrado a las boyas para recuperar el aliento. Sufrí adelantamientos rasantes, amagos de ahogamiento y el socorrista amenazó varias veces con sacarme a la fuerza si no salía de una vez.
Justino, en cambio, estaba encantado: «¡Qué experiencia más buena! ¡Qué sensación tan extraordiaria la de deslizarse por el agua! ¡Qué ganas de repetir! ¿Cuándo volvemos?». ¿Que cuándo volvemos? ¡¿Que cuándo volvemos?! Nunca, Justino, nunca...


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